sábado 21 de julio de 2007

La postura del "perrito" censurada


Solidaridad absoluta con El Jueves. Dos intesantes artículos han aparecido en la prensa alternativa. Uno, el de Javier Ortiz "Unos más que otros" y otro, de Jaume d´Urgell , titulado "Diferentes ¿por qué?".
Dice JO que parece que el escándalo saltó a causa de las insistencias que surgieron en el programa de televisión "Aquí hay Tomate". El periodismo de investigación está imparable esta temporada.
Ayer compré la revista en el aeropuerto de Palma. Había un buen pilote de ejemplares en primera linea del kiosko y los ejemplares se vendían como churros. El efecto llamada había funcionado. Que tontos son!.
Miro con atención la portada y sigo sin encontrar nada que relacione a la pareja que hace la postura del "perrito", también conocida como
"furor salvaje", con la Casa Real. No sé como se puede llevar adelante un secuestro de una publicación en estas condiciones.
Encuentro una interesante
convocatoria de manifestación para hoy contra el secuestro de la revista. La convocatoria, de carácter anónimo y que se está difundiendo principalmente por mensajes sms, dice lo siguiente:
"Sábado 20 horas, quedada republicana contra el secuestro de El Jueves, frente a la Audiencia Nacional (plaza de la Villa de París, junto a c/ Génova, metro Colón) llévate la tricolor y copia de la portada. Pásalo"

lunes 16 de julio de 2007

Centenario y manía por Frida Kahlo

Diego Cevallos
Al cumplirse un siglo de su nacimiento, la pintora mexicana Frida Kahlo aparece en perfumes, camisetas, corbatas, muñecas, tazas y tequilas, obras de teatro, libros y películas. Son expresiones de una "fridomanía" que ha banalizado la obra de la creadora, dicen los críticos.
Para leer el artículo completo pincha aquí.
Sobre el mismo asunto se puede leer aquí el artículo Las dos Fridas, de Ouka Laredo.

domingo 15 de julio de 2007

Serrat y Sabina


Nos hemos pegado un salto a Palma para ver a Serrat y Sabina. Tras diez años fuera de España era necesario acudir de nuevo a esas citas musicales de verano. Es agradable volver a ver a cantautores históricos (por lo menos en mi memoria) en el escenario. Pero, la verdad, no me entusiasmaron. Ninguno de los dos.
Para empezar, me resultó desagradable el inicio del espectáculo con una broma de presentación de los cantantes desde una pantalla gigante a cargo de Iñaki Gabilondo en un plató del Cuatro. ¿Qué guiño se quiere hacer llegar?. No veo la razón ni la gracia de utilizar a un telepredicador para presentar a dos poetas.
Muy buenos, como siempre, los músicos: Pancho Varona, Ricard Miralles, Matthew Simon, Pedro Barceló, Antonio García de Diego...
A Serrat, al que la última vez que le ví en un escenario fue en El Salvador hace tres años, se le nota físicamente cansado aunque entusiasmado con la gira. Ha perdido voz y timbre. Es una lástima. Pero cuidado, sigue siendo Serrat y sólamente su presencia en el escenario lo merece casi todo. Con su trasparencia y sencillez siempre a flor de piel. Y sus temas, que no es poco. Oirle recitar Cançó de matinada, Fiesta o Tu nombre me sabe a hierba, ya es suficiente para irse feliz a casa.
Sabina, por el contrario, líricamente ha mejorado; es un ejemplo de que si uno presta atención a su salud y se porta bien puede cantar mejor. Ha aclarado y fortalecido su metálica voz. Pero le veo que se ha venido demasiado arriba. Muy eufórico y crecido junto a Serrat, y hay algo en todo esto que me resulta antipático y un poquito obsceno. Sabina canta bonitas canciones y es un buen poeta. Pero en este verano mallorquín no me transmite buen rollo. No me resulta creíble. La verdad es que hace ya tiempo que deje de tener simpatía hacia la persona de Sabina, no a su obra musical. Sencillamente, no me gusta su actitud. Y, además, no puedo dejar de pensar en
el artículo que le dedicó Ouka Laredo.

sábado 14 de julio de 2007

Remodelación en el gobierno de Zapatero

Veo en la Red muy pocos análisis y comentarios sobre el debate parlamentario llamado "el estado de la nación" y los recientes cambios en el gobierno del PSOE. Zapatero justificó el relevo de cuatro ministros del Ejecutivo en su deseo de completar los compromisos electorales en los ocho meses que restan hasta las elecciones generales y de preparar los cambios y los proyectos de la próxima legislatura.
Sobre el debate parlamentario me gusta especialmente el análisis de G.Buster en el último número de Sin Permiso.

En las páginas de Internet echo en falta una reflexión sobre el trasfondo de los cambios de ministros y la relación de fuerzas entre el aparato del PSOE y Zapatero. Independientemente de la situación de ventaja electoral obtenida por ZP frente a Rajoy tras el debate parlamentario, a partir del cambio de ministros veo un cierto retroceso de las posiciones de ZP en el partido y, por el contrario, un avance de las posiciones más cercanas al aparato de Ferraz. El nombre de Bono como pieza importante a mover e un futuro cercano ya de por sí es inquietante.

jueves 12 de julio de 2007

Una banana en la gran manzana


Oscar Peyrou
Caminé por Barrow y al llegar a Bleecker giré a la derecha. Hacía mucho frío. Esa parte de Nueva York imita alguna zona de Londres. El cielo estaba nublado y en cualquier momento podía comenzar a llover. Ya en la Sexta enfilé hacia la izquierda y en la esquina crucé para tomar el subterráneo. Mientras caminaba pensé en la pizza que había comido el día anterior en Pomodoro -Spring y Mulberry- y en la que comería hoy. Dado mi aspecto serio y casi doctoral -aunque, todo hay que decirlo, algo deportivo-, ningún transeúnte puede imaginar las tonterías que pienso. Eso me suele hacer sentir bien, poderoso, como los que poseen una información única o algún secreto.
A esa altura, la Sexta Avenida es un lugar medio desolado y triste donde abunda el cielo. No se parece en nada a la idea popular que, fuera de ella, existe sobre Nueva York. Recuerda a gran parte de Chicago o a un barrio alejado, de casas bajas, de una ciudad provinciana.
En el andén había poca gente. Eran casi las once de la mañana. Miré el nombre de la estación. La "W" es una de las letras que más me gusta, el "4" no me molesta -aunque prefiero el "7"- y la unión de la "t" y la "h" produce -a mi juicio- una asociación interesante. Otra letra que me gusta es la "y", pero no la vi por ningún lado.
El subterráneo llegó con el ruido acostumbrado. El vagón estaba ocupado sólo por dos ancianas de aspecto bondadoso, un viejito que parecía extraído de un cuento infantil y una chica que podía ser la protagonista de una película de Walt Disney. Todas las virtudes -incluso una luz ambarina y cálida que era como la síntesis de ellas- estaban concentradas en ese ámbito. Consideré la posibilidad de que alguien estuviera rodando un anuncio relacionado con la Navidad, pero no había ninguna cámara a la vista.
Desde que era un niño tengo la costumbre de mirar atentamente por la ventanilla en la oscuridad del túnel con el objeto de descubrir algún animal repugnante, el cuerpo deshecho de una persona o cualquier otro espectáculo más o menos aterrador, es decir, interesante. La sensación de paz y generosa solidaridad reinante en el interior del vagón, hizo aún más confortable el ejercicio, como cuando en una noche lluviosa de invierno uno está abrigado en la cama y piensa en los infelices peatones que -además de sufrir semejante calificativo- deben afrontar las inclemencias del tiempo.
En la siguiente estación, la de la calle 14, subió un único viajero. Era alto y parecía fuerte. Tendría unos 25 o 30 años y, aunque durante unos segundos no le presté mucha atención, luego me di cuanta de que estaba disfrazado de militar. Llevaba un pantalón verde oliva, botas de combate, un abrigo de cuero ajustado a la cintura por una correa guarnecida de metal y, a la espalda, una mochila que parecía contener un paracaídas. Estaba rapado, le cubría la frente una vincha roja y en la mano derecha hacía oscilar una pesada cadena.
Me empecé a preocupar cuando, una vez que el tren se puso en marcha, el recién llegado pateó con fuerza la puerta que se acababa de cerrar. El golpe hizo temblar el vagón. Fue entonces cuando lo comencé a observar con más interés y registré los detalles vinculados con su aspecto y vestimenta. Tras la patada y sin pronunciar el más mínimo sonido, estrelló la cadena contra el suelo. Miré de reojo a mis compañeros. Todos estaban muy interesados en hechos o circunstancias sumamente importantes o curiosas que parecían suceder en lugares recónditos del vagón. Con sospechosa unanimidad, evitaban mirar al recién llegado. Yo los imité. En esos casos me olvido de la originalidad. Lo importante -recordé- es mantenerse impasible y como ausente. En la guerra disparan contra todo lo que se mueve. Es increíble la cantidad de pequeñas cosas sin importancia aparente que existen en el suelo y a las que casi nunca prestamos atención. Sin hablar de las originales formas que allí adopta la suciedad y que harían llorar de envidia a Jackson Pollock.
Tras el cadenazo, el calvo comenzó a pasearse inquieto por el vagón. Caminaba, giraba sobre sí mismo y volvía sobre sus pasos, siempre sin decir ni una palabra. La única diferencia con un tigre era que, de vez en cuando, pateaba una puerta.
En un momento pensé que, si aún conservaba la vida, al llegar a la próxima estación debía intentar bajar. Pero enseguida descubrí que se trataba de la correspondiente a la calle 23 y que, de acuerdo a la tradición -a mi propia tradición- nunca me gustaron, ni aislados, ni juntos éstos dos números; no son fastos. Además, si me ponía de pie para irme, el tipo podía dudar de mi amistad incondicional, imaginar que lo despreciaba o, incluso, sentirse traicionado.
Lo que terminó por decidirme fue que el resto de los viajeros no se movió. Debieron pensar lo mismo que yo o algo parecido porque comprobé que las dos ancianas estuvieron a punto de iniciar un movimiento de huida, pero al entrar el tren en la estación se contuvieron. Unos instantes de angustiosa duda: ¿astuta prudencia, inercia o fatalidad suicida, como la de esos animales que permanecen inmóviles mientras se aproxima lentamente la serpiente, la tarántula, el cazador?
Las puertas se abrieron y subió un negro que medía unos dos metros de alto por dos metros de ancho, aproximadamente. Tenía la cara llena de cicatrices y una mirada torva. Para entrar casi tuvo que doblarse en dos. En la mano llevaba una gigantesca bolsa de deporte que dejó caer a mis pies. Al golpear el suelo, la bolsa hizo un ruido poderoso y sordo, como de trueno. Estaba semiabierta. Supuse que adentro habría un par de ametralladoras y algunas granadas, además de media docena de armas ligeras. Al ver al negro recordé una excursión que uno o dos años antes había hecho a Soweto en un vehículo camuflado. En especial, evoqué el momento en que nos acercamos al barrio de barracas grises donde viven los zulúes. También me pasó por la cabeza aquel episodio con el cocodrilo en el delta del Okavango. Y el de la araña en el bungalow de Maun. Ahora sentía más miedo.
El negro comenzó a hablar con una voz cavernosa y ronca. Recogía dinero, dijo, para ayudar a los que no tenían hogar. Incongruentemente y como por arte de magia, apareció en su mano un jarrito de plástico de color rosa que agitó con cierta urgencia rítmica. Se paseó sin éxito pero con suma lentitud delante de todos los que estábamos sentados y luego se aproximó al rapado. Creo que todos contuvimos el aliento. Supuse una lucha homérica.
El calvo metió la mano en un bolsillo -cerré los ojos- y tras una pausa que pareció eterna, oí que depositaba un par de monedas -los volví a abrir- en el jarrito. El negro giró sobre sí mismo con un movimiento veloz y casi elegante por su precisión y se agachó. De la bolsa sacó un enorme racimo de bananas. Se lo ofreció al otro. Este agarró una y el negro tiró enérgicamente. La sincronización fue perfecta. El calvo se quedó con la fruta en la mano. A continuación, ambos levantaron el brazo izquierdo y se golpearon las palmas a modo de saludo, como en las series juveniles que pasan por la televisión. El negro ya no parecía tan alto.
Ni las bondadosas señoras, ni el sonrosado viejito, ni el hada de Walt Disney, ni yo mismo, pusimos nada en el jarrito.
En momentos de gran peligro o extremo dramatismo, uno suele reparar en detalles secundarios. Cuando el tren llegó a la 34, todos, con la excepción del negro que se recostó en un rincón y que pareció disminuir aún más de tamaño al adormilarse, mirábamos la banana que el calvo sostenía en la mano con una vaga y relativa satisfacción, a la manera de un trofeo obtenido sin mucho esfuerzo. La contemplábamos fijamente, aunque sin interés, como si acabáramos de despertar de un sueño pesado o todavía estuviéramos sorprendidos de estar vivos o nos sintiésemos muy cansados o no encontráramos otro lugar donde poner los ojos.
No dejamos de mirar la banana ni siquiera cuando, tras cerrarse una vez más las puertas, parsimoniosa y apaciblemente, el calvo comenzó a quitarle la cáscara.

lunes 9 de julio de 2007

Regreso a la playa


Arena de playa. Arena en los pies que quito con las manos. Castillos de arena. Arena en la toalla. Hay que sacudirla antes de meterla en la cesta. Cesta de playa. Cesta con arena. Cremas para el sol. Si el frasco no lo cierras bien, se sale la crema y embadurnas todo. El frasco también se reboza en arena. El bañador hay que aclararlo después de la playa para que suelte la arena.
Olores de playa. A mar. A crema Nivea. A calamares a la romana. La playa huele a infancia. A cubo, a pala, a sandalias y a las primeras fotos a color con la familia. A las barcas de los pescadores. A los paseos por la tarde, recién duchado. A turistas quemados por el sol.
Polos de Fred Perrys y bambas Victoria. El primer reloj sumergible. Gafas de buceo con respirador coronado con una pelota de ping-pong. Gafas de sol Ray-Ban. Mechero de gasolina y cigarrillos Rumbo, Antillana o Rex. Que difícil era encender un cigarrillo en la playa.
Recuerdo las comidas de playa. Sobre todo los melocotones que nos pelaba mi madre. Ensaimada y Cacaolat bien frío. Comida en la terraza. Filetes rebozados. Pimientos verdes fritos. Gazpacho y sandía. Los domingos, al chiringuito: pescaíto y paella con rodajas de limón. Sangría cabezona o vino con Casera. Mucha cerveza. Por la tarde, granizado de limón y horchata. Cucurucho de helado de chocolate y vainilla.
La playa tiene en mis recuerdos su propia banda sonora. Es una mezcla entre María del Mar Bonet y Fórmula V. Entre Georges Moustaki y Georgie Dann. Entre Lluis Llach y Los Diablos. Entre Pau Riba y Saca el güisqui, cheli.
Regreso una vez más a la playa. Ahora la gente es más alta. No se grita tanto como antes. Ya no se comen macarrones en la arena con la abuela en bata remojando los pies. Ni se ve gente pescando ni se oye tanto la radio bajo las sombrillas. Algunos juegan a pala y molestan a los que pasean. Los idiotas tienen motos de agua con las que corren cerca de la orilla. Es la fiesta del pareo y la chancleta. Ahora las españolas se pintan las uñas de los pies. Exceso de tatuajes que vanalizan la trasgresión.Veo a una madre pelando melocotones. Hay cosas que no cambian.

La Iglesia Progresista y El Retablo de las Maravillas

Diego Urioste

Decía Julio Anguita que “la progresía es, ni más ni menos, que el sumidero por donde se han ido las ideas de la izquierda” [1]. Explica que “la progresía es quedarse en la reforma de una serie de aspectos sociales, como los matrimonios homosexuales o las medidas de discriminación positiva de la mujer, mientras que se deja intacta una realidad económica injusta”. Este acertado comentario es, sin embargo, limitado. La realidad es que el progresismo se ha convertido en la nueva religión del siglo XXI, con Iglesia, diócesis, cabildos y fieles propios preparados para su particular cruzada.

La religión e Iglesia Progresista
El progresismo es, como las demás religiones, un conjunto de creencias y dogmas, de sentimientos de veneración y temor, de normas morales para la conducta individual y social. La religión progresista se fundamenta principalmente en una sola idea fuerza, revelada a la humanidad por la única y universal razón, asumida por las mentes más privilegiadas y rechazada -según el clero progresista- por los blasfemos, conversos o incapaces: todo lo moderno y nuevo es bueno en sí.
De este principio creador infalible emanan todas las ideas secundarias del progresismo y se articulan las bulas doctrinales destinadas a la creación de las leyes humanas. Este método filosófico propio de la modernidad se alza como la última y definitiva evolución del pensamiento humano. Si Fukuyama [2] anunció “El fin de la historia” hace varios lustros, el Progresismo es el fin del pensamiento, la culminación -por magnificencia- de la erudición humana, alejado de cualquier serendipia.
Como toda Iglesia dogmática, encierra en sí una proposición que se afirma como firme y cierta, principio innegable de una ciencia verdadera (curiosamente ciertos marxistas los tildan de tecnófobos y anticientifistas). Aquellos que no comulgan con la Iglesia Progresista son tildados de desviados e irracionalistas, herejes del nuevo sol del nuevo milenio; Lukács [3] ya denunció la conexión entre el irracionalismo, el antiprogresismo y el nazismo. Un dogma cerrado del progresismo es decir que todo aquello que no es progresista es nazi y fascista, palabras cuyo significado real desconocen pero que han rebautizado como símbolos antitéticos del nuevo imperio progresista de la nueva sociedad de los nuevos valores.

El Retablo de las Maravillas progresista
“Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y muestran, viene a ser llamado Retablo de las maravillas; el cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo debajo de tales paralelos, rumbos, astros y estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio; y el que fuere contagiado destas dos tan usadas enfermedades, despídase de ver las cosas, jamás vistas ni oídas, de mi retablo.“
Así explica Chanfalla, personaje de la obra teatral Retablo de las Maravillas [4] (obra que tuve ocasión de representar en el Liceo) al Gobernador del pueblo lo que es en sí el Retablo. A través de la obra, Cervantes dramatiza el intento consciente de proclamar como verdad lo que todos ellos reconocen como una manifiesta mentira:
“La falsa verdad se propaga tomando como origen la mente más torpe e ignorante de la sociedad. Las reacciones y los efectos se hacen cada vez más exagerados, y el afán de superarse unos a otros en lo extraordinario de la vivencia provoca patéticas y ridículas rivalidades y desconfianzas.
La falsa creencia encuentra su primer gancho en la necedad y en la ignorancia, aunque luego se extiende también por la personas cultas, que por una honra y un pundonor pedante y ridículo, son vencidos a la opinión vulgar y común. Primero se alardea de una integridad moral e intelectual superior que acaba quedando en entredicho y que nos delata y nos hace comprobar una verdadera cobardía espiritual.” (Fuente Cervantes.es)
El retablo representa ahora la obra progresista en sí, sus méritos, su verdad. Objetiva y científicamente, es dificilmente demostrable que el progresismo haya acaparado méritos suficientes para poder constituirse como un empuje humano capaz de solucionar algo. Sin embargo, así se hace creer, y quién no lo vea “tenga alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio“; es decir un hijo de puta -con perdón.
La realidad progresista es inquietante, una serie de pensamientos no concretos que veneran la idea de lo nuevo de forma preocupante. Pero ¡Ay, del que ose ponerlo en cuestión o si quiera preguntar!. La caterva de advenedizos se le echará encima, y no tardarán los sastres del sistema en coserle en la solapa la estrella identificativa del no-progresista, cómo podrían decir ellos.

El progresismo: ni izquierdas ni derechas
El progresismo, en contra de lo que se piensa, se encuentra repartido e instalado en un sinnúmero de sensibilidades y actuaciones políticas. No tiene una posición exacta en el espectro político, sino que cubre -como una capa de fango- casi todas las posiciones del sistema porque, en definitiva, es la religión del régimen occidental. Si bien es cierto que en España se encuentra preferentemente en la “izquierda” socialdemocrática (representada por el PSOE, sectores de IU y demás partidos izquierdistas), no es monopolio único de la gauche divine. La derechona, en esa curiosa conjugación liberal y conservadora, alberga numerosas corrientes progresistas, adheridas a la madre Iglesia Progresista y fieles devotas de la Santa Divinidad del Retablo progresista.
Su fácil propagación se basa en su propia estructura ideológica, o mejor dicho la ausencia de esta. Es un sentimiento exacerbado -pese al marketing racionalista-, un “sensacionalismo revestido de posicionamientos políticos” [5]. Es una expresión más o menos espontánea de la sensiblería intelectual del torpe humano, ligereza conceptual dogmática sublime del advenimiento ridículo y consentido de la mentalidad torpe del hombre moderno. Un sofisma barato, una marca registrada muy lucrativa.

El Progresismo contra el progreso
Pese a su etiquetación, el Progresismo se ha destapado como un freno al verdadero progreso. La idea de creer que todo lo nuevo es bueno, que todo avance es para bien, ha creado una falsa idea de optimismo desenfrenado, de positivismo ridículo y aprobación peligrosa de todo lo que llega, de toda vía nueva aunque sea el camino equivocado.
El Progresismo, al igual que el posibilismo o el reformismo, alimenta el actual estado de las cosas, las injusticias profundas e incluso crea nuevas clases dominantes. La nueva clase, la élite burguesa, la progresía, conduce los designios morales, económicos y sociales de las gentes de forma dogmática e irresponsable. El progresismo, al poner en primer orden aspectos superfluos o de menor importancia, refuerza el velo que cubre a la ya de por sí alienada y cegada sociedad. Asuntos como la posibilidad de introducir cirugía estética en los presupuestos de la Sanidad Pública o la paridad en los consejos nublan -con un eficiente propagador mediático- el interés real de la ciudadanía, abocan al olvido asuntos mucho más relevantes e importantes para un país, sumerge la capacidad crítica del ciudadano medio a niveles primarios.
El verdadero progreso, como idea de avance y perfeccionamiento a través del desarrollo, nada tiene que ver con el “ideal” progresista. Las aberraciones cometidas en nombre de la novedad ya están teniendo efectos devastadores en las sociedades en general, y son sólo la antesala de un futuro mucho más negro. Sin pretender ser catastrofista, no es exagerado predecir que las generaciones venideras serán mucho más incompetentes, materialistas, insulsas y manejables de lo que ya lo son las actuales. El progresismo por lo tanto se destapa como un arma eficaz para enajenar el espíritu de las gentes, el pensamiento heterodoxo, la belleza de lo espiritual y lo natural, como instrumento quirúrgico del capital para continuar -con diferentes máscaras- su imposición a los trabajadores, su poder supranacional y prácticamente inconmensurable. Un poderoso inhibidor de la conciencia humana, de la lucha contra las verdaderas injusticias y luchas sociales.


[1] Artículo publicado en El Mundo el 31 de Marzo del 2006, disponible en internet gracias a la Agrupación de Profesionales y Técnicos del Partido Comunista de Madrid.
Enlace
[2] “The End of History and the Last Man“, 1992, de Francis Fukuyama.
[3] “El Asalto a la Razón”, 1954, de Georg Lukásc.
[4] “El Retablo de las Maravillas”, de Miguel de Cervantes.
[5] “El Falso Progresismo”, 2006, de Miguel Manrique.