jueves, 12 de julio de 2007

Una banana en la gran manzana


Oscar Peyrou
Caminé por Barrow y al llegar a Bleecker giré a la derecha. Hacía mucho frío. Esa parte de Nueva York imita alguna zona de Londres. El cielo estaba nublado y en cualquier momento podía comenzar a llover. Ya en la Sexta enfilé hacia la izquierda y en la esquina crucé para tomar el subterráneo. Mientras caminaba pensé en la pizza que había comido el día anterior en Pomodoro -Spring y Mulberry- y en la que comería hoy. Dado mi aspecto serio y casi doctoral -aunque, todo hay que decirlo, algo deportivo-, ningún transeúnte puede imaginar las tonterías que pienso. Eso me suele hacer sentir bien, poderoso, como los que poseen una información única o algún secreto.
A esa altura, la Sexta Avenida es un lugar medio desolado y triste donde abunda el cielo. No se parece en nada a la idea popular que, fuera de ella, existe sobre Nueva York. Recuerda a gran parte de Chicago o a un barrio alejado, de casas bajas, de una ciudad provinciana.
En el andén había poca gente. Eran casi las once de la mañana. Miré el nombre de la estación. La "W" es una de las letras que más me gusta, el "4" no me molesta -aunque prefiero el "7"- y la unión de la "t" y la "h" produce -a mi juicio- una asociación interesante. Otra letra que me gusta es la "y", pero no la vi por ningún lado.
El subterráneo llegó con el ruido acostumbrado. El vagón estaba ocupado sólo por dos ancianas de aspecto bondadoso, un viejito que parecía extraído de un cuento infantil y una chica que podía ser la protagonista de una película de Walt Disney. Todas las virtudes -incluso una luz ambarina y cálida que era como la síntesis de ellas- estaban concentradas en ese ámbito. Consideré la posibilidad de que alguien estuviera rodando un anuncio relacionado con la Navidad, pero no había ninguna cámara a la vista.
Desde que era un niño tengo la costumbre de mirar atentamente por la ventanilla en la oscuridad del túnel con el objeto de descubrir algún animal repugnante, el cuerpo deshecho de una persona o cualquier otro espectáculo más o menos aterrador, es decir, interesante. La sensación de paz y generosa solidaridad reinante en el interior del vagón, hizo aún más confortable el ejercicio, como cuando en una noche lluviosa de invierno uno está abrigado en la cama y piensa en los infelices peatones que -además de sufrir semejante calificativo- deben afrontar las inclemencias del tiempo.
En la siguiente estación, la de la calle 14, subió un único viajero. Era alto y parecía fuerte. Tendría unos 25 o 30 años y, aunque durante unos segundos no le presté mucha atención, luego me di cuanta de que estaba disfrazado de militar. Llevaba un pantalón verde oliva, botas de combate, un abrigo de cuero ajustado a la cintura por una correa guarnecida de metal y, a la espalda, una mochila que parecía contener un paracaídas. Estaba rapado, le cubría la frente una vincha roja y en la mano derecha hacía oscilar una pesada cadena.
Me empecé a preocupar cuando, una vez que el tren se puso en marcha, el recién llegado pateó con fuerza la puerta que se acababa de cerrar. El golpe hizo temblar el vagón. Fue entonces cuando lo comencé a observar con más interés y registré los detalles vinculados con su aspecto y vestimenta. Tras la patada y sin pronunciar el más mínimo sonido, estrelló la cadena contra el suelo. Miré de reojo a mis compañeros. Todos estaban muy interesados en hechos o circunstancias sumamente importantes o curiosas que parecían suceder en lugares recónditos del vagón. Con sospechosa unanimidad, evitaban mirar al recién llegado. Yo los imité. En esos casos me olvido de la originalidad. Lo importante -recordé- es mantenerse impasible y como ausente. En la guerra disparan contra todo lo que se mueve. Es increíble la cantidad de pequeñas cosas sin importancia aparente que existen en el suelo y a las que casi nunca prestamos atención. Sin hablar de las originales formas que allí adopta la suciedad y que harían llorar de envidia a Jackson Pollock.
Tras el cadenazo, el calvo comenzó a pasearse inquieto por el vagón. Caminaba, giraba sobre sí mismo y volvía sobre sus pasos, siempre sin decir ni una palabra. La única diferencia con un tigre era que, de vez en cuando, pateaba una puerta.
En un momento pensé que, si aún conservaba la vida, al llegar a la próxima estación debía intentar bajar. Pero enseguida descubrí que se trataba de la correspondiente a la calle 23 y que, de acuerdo a la tradición -a mi propia tradición- nunca me gustaron, ni aislados, ni juntos éstos dos números; no son fastos. Además, si me ponía de pie para irme, el tipo podía dudar de mi amistad incondicional, imaginar que lo despreciaba o, incluso, sentirse traicionado.
Lo que terminó por decidirme fue que el resto de los viajeros no se movió. Debieron pensar lo mismo que yo o algo parecido porque comprobé que las dos ancianas estuvieron a punto de iniciar un movimiento de huida, pero al entrar el tren en la estación se contuvieron. Unos instantes de angustiosa duda: ¿astuta prudencia, inercia o fatalidad suicida, como la de esos animales que permanecen inmóviles mientras se aproxima lentamente la serpiente, la tarántula, el cazador?
Las puertas se abrieron y subió un negro que medía unos dos metros de alto por dos metros de ancho, aproximadamente. Tenía la cara llena de cicatrices y una mirada torva. Para entrar casi tuvo que doblarse en dos. En la mano llevaba una gigantesca bolsa de deporte que dejó caer a mis pies. Al golpear el suelo, la bolsa hizo un ruido poderoso y sordo, como de trueno. Estaba semiabierta. Supuse que adentro habría un par de ametralladoras y algunas granadas, además de media docena de armas ligeras. Al ver al negro recordé una excursión que uno o dos años antes había hecho a Soweto en un vehículo camuflado. En especial, evoqué el momento en que nos acercamos al barrio de barracas grises donde viven los zulúes. También me pasó por la cabeza aquel episodio con el cocodrilo en el delta del Okavango. Y el de la araña en el bungalow de Maun. Ahora sentía más miedo.
El negro comenzó a hablar con una voz cavernosa y ronca. Recogía dinero, dijo, para ayudar a los que no tenían hogar. Incongruentemente y como por arte de magia, apareció en su mano un jarrito de plástico de color rosa que agitó con cierta urgencia rítmica. Se paseó sin éxito pero con suma lentitud delante de todos los que estábamos sentados y luego se aproximó al rapado. Creo que todos contuvimos el aliento. Supuse una lucha homérica.
El calvo metió la mano en un bolsillo -cerré los ojos- y tras una pausa que pareció eterna, oí que depositaba un par de monedas -los volví a abrir- en el jarrito. El negro giró sobre sí mismo con un movimiento veloz y casi elegante por su precisión y se agachó. De la bolsa sacó un enorme racimo de bananas. Se lo ofreció al otro. Este agarró una y el negro tiró enérgicamente. La sincronización fue perfecta. El calvo se quedó con la fruta en la mano. A continuación, ambos levantaron el brazo izquierdo y se golpearon las palmas a modo de saludo, como en las series juveniles que pasan por la televisión. El negro ya no parecía tan alto.
Ni las bondadosas señoras, ni el sonrosado viejito, ni el hada de Walt Disney, ni yo mismo, pusimos nada en el jarrito.
En momentos de gran peligro o extremo dramatismo, uno suele reparar en detalles secundarios. Cuando el tren llegó a la 34, todos, con la excepción del negro que se recostó en un rincón y que pareció disminuir aún más de tamaño al adormilarse, mirábamos la banana que el calvo sostenía en la mano con una vaga y relativa satisfacción, a la manera de un trofeo obtenido sin mucho esfuerzo. La contemplábamos fijamente, aunque sin interés, como si acabáramos de despertar de un sueño pesado o todavía estuviéramos sorprendidos de estar vivos o nos sintiésemos muy cansados o no encontráramos otro lugar donde poner los ojos.
No dejamos de mirar la banana ni siquiera cuando, tras cerrarse una vez más las puertas, parsimoniosa y apaciblemente, el calvo comenzó a quitarle la cáscara.

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